Todas las mañanas y las tardes para mí son iguales, a veces las diferencio y me pongo a pensar qué hubiera pasado si yo avanzaba antes o después. No me inquieta absolutamente nada, no tengo compasión por nada ni nadie, es más, muchas veces tengo ganas de aparecer en el lugar menos esperado para generar algún tipo de incomodidad, total, ya estoy jugado, ya estoy a la deriva entre tantos como yo que avanzan listos ya sin piedad. Nadie me espera, algunos me aborrecen y reclaman que se postergue mi estadía muchas veces duradera. Esa mañana fría lo pude divisar desde lejos, cabizbajo con las manos en los bolsillos. ¿Cómo un ser con todas las posibilidades y virtudes podía encontrarse así? ¿Yo venía desde muy lejos para cruzarme con este ser? ¿La cotidianidad era esto? Arraso a toda velocidad, a veces descanso un rato, pero ese día sentía que tenía un propósito, una tarea. Con bastante frecuencia suelo hipnotizarme en ventanas a contemplar la vida, luego me desprendo lentamente generando uniones entre tantos para acceder a un fin más próximo sin que la extinción sea en vano. Advierto los movimientos que ejecutan los racionales, los que tienen la posibilidad de elegir y pensar cada acción en este mundo tan desordenado pero que a veces nos reintegra una cuota de vitalidad para seguir un rato más, hasta sentir otra vez el golpe. Claramente sentí que debía quedarme en él, que tenía que ir esquivando obstáculos hasta posicionarme sobre él, sobre algo que lo inquietara y lo despierte, lo reanime. Debía darse cuenta de que su vida podía ser otra cosa, estaba a tiempo de levantar cabeza, cambiar su apariencia. Yo iba cegado a toda marcha al choque radical contra él. Comúnmente debe mirarme en estado descendente, debe pensar en la resignación de marchar en forma suicida, pero ¿qué pasaría si resulta ser lo contrario, si se produjera una especie de espejismo donde un sujeto proyecta toda su vida en la triste imagen que le produce otra? Al fin y al cabo lo que importa es la apariencia y es más fácil mirar alrededor que a uno mismo. Cuesta terriblemente mirar hacia adentro para buscarse en vez de silenciarse y perderse aún más en la oscuridad. Cuando al salir de su casa, apurado por llegar tarde al trabajo, miró al cielo y me descubrió. Ya era tarde, no sé si podrán cambiarlo, por lo menos no yo, me descubrió. Me deslicé entre tantos otros que caían sin destino, sin preguntas, sin memoria. Yo, en cambio, llevaba todas. Aceleré, esquivé hombros ajenos, superficies indiferentes, corrientes que querían arrastrarme hacia lo común. No. Ese día no. Ahí entendí que mi impulso no era distinto al suyo: ambos avanzábamos por inercia, disfrazando de decisión lo inevitable. Impacté. Se detuvo. No fue violento, no fue épico. Apenas un roce frío sobre su mejilla. Un punto mínimo en medio de un cuerpo demasiado grande para notarlo todo. Pero se detuvo. Su mano dudó antes de guardarse en el bolsillo. Sus ojos, por primera vez en toda la mañana, buscaron algo más allá del suelo. No sé si me vio, si me entendió, o si simplemente sintió ese quiebre imperceptible que a veces cambia el rumbo de un día entero. Me deslicé lentamente, aferrándome a ese instante como si pudiera quedarme ahí para siempre. Pero no. Caí desde su rostro hacia el borde de la tela impermeable, me suspendí un segundo en el límite exacto entre permanecer y desaparecer, y finalmente cedí. Como todos. Mientras me desprendía, lo vi enderezarse apenas. Nada extraordinario: un gesto mínimo, casi ridículo frente al peso de sus preguntas. Pero suficiente. Suficiente para pensar que tal vez no todo estaba perdido. Desaparecí entre otros, otra vez indistinguible, otra vez parte de ese movimiento interminable que no se detiene por nadie. Pero algo había cambiado, o al menos eso quise creer antes de diluirme por completo. Porque a veces no hace falta más que un contacto fugaz para alterar una trayectoria. Y aunque nunca lo sepan, aunque nunca nos nombren, aunque jamás puedan distinguirnos entre miles… algunos de nosotros elegimos caer para volver, tarde o temprano, a intentarlo otra vez.
Oscilaciones Nocturnas
domingo, 12 de abril de 2026
lunes, 6 de abril de 2026
Superposición
Vos sabes que casi nunca me acuerdo los nombres de las personas, solamente se me vienen a la mente si de repente se posan frente a mí y automáticamente los relaciono con algún hecho en particular que me haya pasado, con algún actor que me haga decir “es igual a tal de tal película”, o que me recuerde al trasfondo de alguna canción que haya sonado en el auto por esos días. La cuestión es que sobrevolaba en mi cabeza ese nombre por días, semanas; me despertaba y mientras deambulaba semidormido por el pasillo del departamento hacia el baño, aparecía. No lo decía en voz alta, todavía no le daba entidad, solo paseaba por la mente, iba de un lado al otro de manera pendular mientras me iba despertando con el correr de los minutos. Cepillaba mis dientes, me lavaba la cara y buscaba un rostro, buscaba una conexión que sirva y que no quede en frustrados intentos de dejar de realizar la tarea de buscar, de buscar de dónde había salido, ¿quién era?, ¿por qué decidió hacerse un lugar y alojarse en lo profundo de mi mente?, ¿existió? Resistía al hecho de nombrarlo dentro de mi casa, nunca supe exactamente por qué, simplemente había algo que me decía que debía hacerlo fuera, dejar lo que nos acecha o perturba fuera del lugar donde se supone que uno debe llegar, quitarse los zapatos luego de un cansador y tedioso día de trabajo y disponerse a descansar. Cerré la puerta, di las dos vueltas de llave mientras invocaba alguna canción que me desconectara, que me dé luz entre tanto túnel oscuro y sin salida. Me forcé a encontrar en el archivo de mi memoria una melodía que se me pegue y haga olvidar esa encadenación de letras que suponía un nombre difícil de desencarnar y salí. Las calles, todavía vacías, no repararon en mi rutinario desenlace antes de subirme al Corsa modelo 2001 para dar comienzo a otra jornada de trabajo. No daban cuenta del túnel de donde venía para introducirme, quizás, en otro túnel, pero bastante ruidoso. A la monotonía constante de ir primero al bar para dar los primeros esbozos de sociabilidad frente a compañeros de rubro y tomar el clásico e indiscutido café, se le sumaban los primeros bocinazos que de alguna forma daban la bienvenida a otra larga y extensa jornada. No llevé nunca el tema al bar, ni a los pasajeros que se subían muchas veces a hacer catarsis mientras los acercaba a sus destinos. Era mío, todo mío. Ni tampoco lo presentaba en la cena de los viernes donde nos juntábamos con colegas a comer asado que, entre largas borracheras, uno se va soltando hasta decir cosas, muchas veces, sin sentido. De una forma u otra existía una especie de placer el no contar absolutamente nada, dejar, o, mejor dicho, tratar, de lograr el acertijo yo mismo sin recurrir a ayudas externas. Lo tomaba casi como un ejercicio mental, como cuando uno tiene una palabra en la punta de la lengua y se vuelve prácticamente loco buscando algo que se acerque, algo que es abstracto pero que de a pasos lentos va tomando forma, algo que poco a poco va gestando un cuerpo para finalmente divisarlo y decirlo en voz alta y muchas veces, hasta gritarlo golpeándose la cabeza entre suspiros de placer. Ese fatigante martes de verano tuve un acercamiento raro y poco usual. Me habían despertado los martillazos de la obra en construcción del edificio lindero al mío que junto al calor agobiante hicieron que dejara la cama para moverme por la casa. Esta vez no amanecí con palabras, sino con imágenes sueltas. Lo primero que pensé, asustado, era que hacía mucho tiempo que no soñaba, o por lo menos no lo recordaba. Me preocupó no haberlo advertido e inmediatamente me tranquilizó la idea de que quizás no era que no soñaba, no lo venía recordando. A medida que pasaban los minutos, sentado y observando martillazos, baldes y obreros trabajando, fui reconstruyendo esas imágenes sueltas que de manera forzada le buscaba sentido, fue como ver una pintura abstracta en la mente y querer buscarle una forma, tratar de ver qué quiso decir el autor, qué mensaje pensaba dejar. Y fue en vano, como si todo tendría que tener una forma, como si lo que no tiene forma no fuesen mensajes ni obras en sí. Un saco azul, un bigote abultado y amarillo por, quien sabe cuántos cigarrillos diarios, y una miraba triste y a la vez penetrante fue lo que pude rescatar entre tantas idas y venidas a la introspección. Sentí bronca y desazón al darme cuenta que a lo mejor esos objetos no eran más que construcciones que podría llegar a estar haciendo en ese preciso momento dejándome “infectar” por lo que divisaba por la ventana, que no eran imágenes puras, que estaban condicionadas por un factor externo, la construcción. Me tranquilicé al ver que ningún obrero tenía bigote, ni portaban un saco azul, ni me habían visto en el ejercicio de mirarles detenidamente sus miradas. Salí a la calle. Está más caluroso que ayer, ¿no? Dicen que hoy llegamos a los 39 grados… nos vamos a morir todos un día de estos. Por suerte donde trabajo tenemos aire acondicionado, si no, no sé. Vos me ves así bien vestida ahora, pero, ¿sabes el hambre que tuvimos que pasar con mis hermanos cuando éramos chicos? Mi viejo de descendencia turca y mi madre… Bueno, mi madre, pobre, todo el día en la casa, muy católica, distinto a lo que podes llegar a ver hoy en día. Él un poco machista, pero laburante eh, eso sí, llegaba a las seis y estaba todo listo y ordenado. Se cambiaba la ropa y se sentaba en el sillón a ver el noticiero, otros años… Recuerdo que era un departamento con paredes de madera, como son o eran la mayoría de las casas judías, ¿viste? Y lo digo sin serlo eh, porque hay como una estética media creada de paredes de maderas, candelabros, lámparas y veladores particulares, no sé, ¿no te parece? lo estoy viendo ahora con el tiempo. Mi viejo era viajante textil. Vendía camisas, calzoncillos, a veces agarraba el auto y se iba por días, antes era medio así, vos llamabas a la fábrica y te mandaban a un viajante con una valija llena de muestrarios, el dueño del negocio lo recibía en el local y pasaban toda la tarde viendo modelos de camisas, colores y talles de calzoncillos, etc. A veces cuando hacía una venta bastante buena volvía con regalos típicos del lugar adonde iba, nos traía juguetes, y otras volvía serio y no hablaba con nadie, solo atinaba a decir que las rutas estaban cada vez peores, como si eso influyera en las ventas. Qué rotas están las calles en esta ciudad, por favor. Y ¿viste lo decadente que está el centro? De terror… Bueno, como te iba diciendo, cuando llegué a la preadolescencia mi viejo viajaba cada vez más, supuestamente lo llamaban de muchos pueblos porque la fábrica contaba con pocos empleados y él era buen vendedor, lo llevaba en la sangre… Mi vieja seguía sola en casa, limpiando y ordenando. Cuando nos íbamos a dormir, tengo el recuerdo de ver, desde la pieza, el velador del comedor encendido y verla a ella rezar en voz baja, quizás por nosotros, quizás por ella o quizás esperando algo mejor ahora que lo pienso. Pobre… Todavía me acuerdo cuando llamaron una tarde de otoño a casa. Yo recién había vuelto de gimnasia. Decían que papá nunca había llegado al pueblo donde tenía que ir y no lo podían encontrar, calcula que no había celulares en ese tiempo. Mamá se sorprendió y automáticamente asintió, puso cara triste, cortó el teléfono y siguió como si nada, cabizbaja, pero como si nada. En ese momento me costó entender que mi viejo tenía muchos viajes pendientes y se iba a ausentar más de lo normal. Pasó el tiempo y no volvía, no volvía, no volvía y nunca volvió… Meses más tarde me enteré que se fue con su otra familia el muy hijo de puta. En las valijas no había muestras de camisas ni calzoncillos, estaban todas sus cosas. Obviamente como cualquier adolescente me adjudiqué la culpa de no ser la hija perfecta junto a mis hermanos, fueron años de terapia… Qué se la va a hacer, dicen que uno no elige a la familia, ¿no? Igual, si vamos al caso, no lo sufrí tanto tanto. El último tiempo casi no lo veíamos y cuando estaba nos trataba bastante mal. Sumado a que a casa empezaron a ir las amigas de mamá de la parroquia, quizás, eso lo exaltaba un poco. En las tardes que se iban las amigas de la parroquia, subía a tomar el té el amigo de mamá. Un hombre cordial que después con el tiempo pasó a estar más tiempo en casa. Y… pensándolo un poco te podría decir que era el amante, pero si vamos al caso nunca los vi besarse ni acercarse siquiera. Iba, tomaban el té, se reían un rato hablando de literatura, que era lo que le gustaba a mamá, y se iba. Siempre de punta en blanco, eso sí, lo recuerdo de saco azul, zapatos bien lustrados y alguna camisa que ahora que lo pienso… podría haber sido de papá… Las visitas empezaron a ser cada vez menos frecuentes, cuando le preguntábamos a ella sobre él, ponía los ojos en blanco y soltaba los hombros como gesto de cansancio o de vergüenza quizás. Sin embargo, no la veíamos triste ni angustiada. Hasta que un domingo al mediodía, ya pasados los años, todo cambió. No sabes cómo lo sufrí en ese momento, me costó años de terapia. Ese departamento en el que vivíamos quedaba en pleno centro, acá a unas… cinco, seis cuadras más o menos, sobre la agencia del viejo Marconi, ¿te ubicas? Si, creo que murió el viejo, bueno, si, ahí arriba vivíamos, quinto piso. Había puesto la mesa con la ayuda de mi hermano menor, como todos los domingos al mediodía. Recuerdo que me resultó llamativo lo bien vestida que estaba mamá ese día, pollera de gabardina color café con leche, bien peinada, labios pintados y unos aros que se le podían notar desde lejos. Pensé que luego de comer iría a salir, nadie preguntó nada. Nos sentamos los tres hermanos en la mesa a la espera del clásico pollo a la portuguesa de los domingos. Tardó un poco más de lo normal hasta que se hizo presente a la vista de todos con la fuente cargada de piezas de carne blanca trozada y rebosante de arvejas. Apoyó la fuente en el centro de la mesa, tomó uno por uno los platos para luego servir una porción considerable a cada uno y dijo que tenía que hacer una cosa, que debía encontrarse con la virgen. En ese momento me resultó irrisoria la idea de tener que servir el almuerzo para ni siquiera probarlo porque tenía que encontrarse con alguien que no existía, que estaba en sus oraciones y en sus creencias pero que no era algo tangible y a la vista de todos nosotros. Todos la miramos en silencio como esperando cuál sería su próxima palabra, su próximo paso, un poco con curiosidad y otro poco con miedo. Mi vieja, la que rezaba todas las noches y los miércoles se juntaba con las amigas a orar, miró al balcón con la mirada ida al mismo tiempo que se desprendía de a uno los aros que se había puesto minutos antes, y se tiró sin decir ni una palabra de más, dejándome con dos hermanos menores que yo a cuestas por mucho tiempo. En la que viene, media cuadra a la derecha. Es contramano, pero no pasa nada.
Hace exactamente tres días estuve encerrado debido a un cuadro de fiebre que me tuvo desplomado en cama. Recién hoy ya puedo volver a hacer la rutina de subirme al auto y recorrer la ciudad. Los dolores de cabeza y cuerpo fueron tremendos. Lo único bueno que rescato de ese viaje febril fue que pude descansar. El silencio me acompañó bastante y pude ordenar algunas ideas. La verdad es que llegué a la conclusión de que tengo que llevar una vida más sana, no comer tantas porquerías ni hacerme mala sangre por cualquier cosa, aunque es difícil con un trabajo que no te da respiro, que todo el tiempo tenes que estar en la búsqueda de más y mejores viajes, porque a lo mejor el siguiente es el que paga la cena de hoy y mañana. Aflojarles un poco a los analgésicos, porque ante cualquier mínimo dolor uno ya se automedica y se clava algo, y no es así, no tiene que ser así. Si uno llevara una vida más sana, creo yo que no deberían aparecer dolores constantes. Ya no tengo veinte años como para andar trabajando horas extras por monedas, cenando tarde y mal, tomando alcohol entre semanas, etc. Uno ya tiene que ir mirando hacia un porvenir con un poco más de astucia, ser más vivo, parar la pelota y pensar un poco más en los actos. Estos días fue fiebre con dolor de cabeza intenso, quién sabe qué será la otra semana, cuando menos te das cuenta puede aparecerte un infarto y ahí no es joda. Uno ya no es un pendejo. Por suerte la obra de al lado está parada y no se escuchan ruidos, o así parece, no se ve a nadie. El capataz que estaba al frente del lugar no anduvo merodeando por la terraza ni dándole órdenes a los obreros que, ahora que lo pienso, capaz los echó a la mierda a todos, parecía bastante estricto en las formas que tenía para referirse a los trabajadores. Como todo patrón, que al principio te endulza con buen trato y cediendo en un montón de cosas y después te descarta como si nada, como si uno fuera un don nadie que no vale un centavo, que no tiene vida, que no tiene responsabilidades, que no tiene que pagar un alquiler, ni familia, ni preocupaciones, ni problemas que lo pueden acechar como también a él, ni una existencia tan absurda y vacía que lo lleve a deambular una casa pensando en una palabra que no puede ni decir porque lo puede llegar a perturbar aún peor que la propia existencia. No. Por suerte me despejé mirando al techo y no pensé en eso. O por lo menos traté. Y creo que funcionó. No exagero. ¿No me crees? Te lo aseguro, en serio. Ahora me voy que si no me subo al auto se me va a complicar la existencia, pero de verdad. ¿Podes creer? El tipo cruza en rojo, con el teléfono en la mano, el casco colgando del codo, esa caja que le ocupa medio asiento, le tocas bocina y encima se enoja. Es tremendo… Encima que le avisas, que de última lo cuidas, y se enoja. De no creer esta ciudad. Cuarenta grados entrando en otoño, caen dos gotas y se inunda todo, los impuestos más caros del país y después si le avisas a un pendejo que lo van a matar si sigue boludeando sos un forro; ¿podes creer? Yo si no fuese porque tengo a mi vieja de ochenta y nueve años postrada en una cama ya me hubiese ido a vivir al medio de la montaña. Sí, qué no. Al medio de la montaña. Es como una… ¿Cómo se dice? ¿Utopía? Eso, una utopía. Con mis ovejas, mis cabras, algún lago cerca que me de agua y serenidad, ¿qué más quiero? Acá no se puede vivir más hermano. Es como decían los griegos, un “locus horrendus”, ¿no? ¿No le decían así al lugar horroroso en el que podían estar y que era contrario a lo que uno debía aspirar? al ¿“locus amoenus”? Eso, ahí me acordé, “locus amoenus”. Lleno de ovejas, mucho verde, una concepción un poco romántica también si se quiere, pero es que todo va para ese lado eh. Estamos sumergidos en un pozo de desazón donde nadie hace nada por estar mejor, ¿entendes? Como anestesiados al hecho de que nada va a cambiar, al hecho de que, si aquel pasó en rojo, ¿por qué yo no voy a imitarlo y hacer lo mismo? ¿Él es mejor que yo? Y así estamos. Si, ochenta y nueve años. Media perdida, pero más viva que nosotros dos seguro. No se recuperó nunca de la pérdida de mi viejo. Ya hacen… veintipico de años. ¿El latin? Y… antes era otra cosa, se daba otra cosa en el colegio. No te digo que salimos mejores o peores pero salíamos con algo en la cabeza, ¿viste? Nos hacían leer los libros enteros, nada de resúmenes, y si no llegabas a leer todo tu vieja te retaba feo porque seguramente estabas boludeando. Ahora salen y quieren ser empresarios, un horror. ¿Vos tenes hijos? Mejor. Están en cuarto año y quieren tener empresas, todo es guita, todo es por y para la guita. Lo único que extrañaría en la vida amena del retiro son los cigarros, qué queres que te diga, es algo que no puedo dejar, y mira que intenté eh… Pastillas, caramelos, ese parche ridículo que te ponen, terapia, no me sirvieron de nada. El otro dia me reía, un colega tuyo me dijo que me parecía a Laiseca, de la nada, ¿lo tenés? contaba cuentos de terror por cable a la madrugada, si, seguro lo tenes. Qué se yo, arranqué de pendejo con el pucho, fue mi empresa, de algo hay que morir. Claro que sigo pensando en dejarlo, pero creo que es un poco tarde. Aparte a un vecino de mi vieja que fumó toda la vida el día que el médico le dijo que tenía que dejarlo si o si para siempre porque iba a ser peor le agarraron dos acv, ¿podes creer? Dos. El tipo fumó toda la vida y nada, lo deja y pum, dolor en el pecho, se le dormía el brazo y ahora está que no puede decir dos palabras seguidas. Al final tenía que seguir fumando. Es re loco. Dejame acá que me parece que está cortado San Juan y estoy acá nomás. Un placer, flaco. Suerte. Doblé por San Juan y frené unos metros más adelante. El hombre bajó, cerró la puerta con cuidado y levantó la mano sin mirarme, como si el gesto ya estuviese aprendido de memoria, como si no hiciera falta comprobar que yo seguía ahí. Apagué el motor, pero no me bajé. Había algo distinto en el aire, como si el calor hubiese aflojado de golpe o como si el ruido de la ciudad hubiese decidido correrse unos pasos para dejar lugar a otra cosa. Me quedé mirando el volante, las manos apoyadas, inmóviles, y entonces apareció. No como antes, no fue una sombra leve ni un murmullo que iba y venía. Esta vez el nombre cayó de lleno, con peso, como si siempre hubiese estado esperando ese preciso momento para hacerse oír. Lo dije en voz alta y al decirlo, supe. No hubo una revelación luminosa ni música de fondo, no hizo falta. El cuerpo reaccionó antes que cualquier idea: un frío seco me recorrió la espalda y sentí ese vacío en el estómago que uno tiene cuando entiende algo que preferiría no haber entendido nunca. El saco azul. El bigote amarillento. La mirada triste. El amigo de la madre. Pero no era eso lo que importaba, lo que importaba era desde dónde lo conocía yo. Me bajé del auto sin pensar, cerré la puerta sin llave y caminé unos pasos por la vereda. Miré alrededor como esperando encontrarlo apoyado contra alguna pared, saliendo de un bar, encendiendo un cigarrillo, conversando con alguien. Nada. Solo la ciudad, otra vez ruidosa, otra vez ajena. Entonces lo vi. No afuera. En el reflejo oscuro de la vidriera de un local cerrado. Me acerqué despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera borrar la imagen. Al principio me vi a mí, transpirado, cansado, con la camisa pegada al cuerpo. Pero a medida que afinaba la mirada, como cuando uno fuerza la vista para distinguir algo en la penumbra, empezó a superponerse. El saco, el bigote, los ojos. No era idéntico, no era un espejo perfecto. Era peor: era una continuidad. Ahí entendí por qué nunca lo había querido nombrar dentro de casa. Porque no era alguien que había conocido, era alguien que estaba siendo. Me llevé la mano a la cara, como buscando desarmar esa imagen, romperla, sacármela de encima. Pero el reflejo seguía ahí, quieto, paciente, como si no tuviera ninguna urgencia. Como si supiera que tarde o temprano yo iba a aceptar. Volví al auto y me senté. No arranqué, apoyé la frente contra el volante y cerré los ojos. Intenté pensar en otra cosa, en una canción, en cualquier cosa. Ya no había túnel. Ahora había un hilo y tiré. Las escenas empezaron a encajar con una claridad insoportable: las historias escuchadas al pasar, las caras olvidadas, los relatos de otros que uno cree ajenos pero que se van depositando en algún lugar. Todo eso, mezclado, fermentado en silencio, tomando forma sin pedir permiso. Ese hombre no era uno solo, era todos. Y yo también. Volví a decir el nombre, más bajo esta vez, casi como una prueba. No dolió menos. Arranqué el auto y me metí otra vez en el tránsito. Bocinas, motos, gritos. Todo en su lugar, todo igual que siempre. Pero no era lo mismo. En el semáforo siguiente, mientras esperaba la luz verde, me sorprendí mirando a un hombre que cruzaba lento, con un saco oscuro a pesar del calor. Llevaba algo en la boca, quizás un cigarrillo. No pude verle bien la cara. No hizo falta. Sonreí apenas, sin ganas, como quien reconoce algo inevitable. Y por primera vez en días, el nombre dejó de girar, se quedó quieto, como si finalmente hubiera encontrado dónde vivir.
lunes, 9 de marzo de 2026
Desbocado
Cruzaron de noche el viejo y amplio umbral para adentrarse en el antiguo edificio hípico que hacía no mucho era su nuevo lugar de comunión. Esquivaron el escritorio del sereno que dormitaba vencido con su radio a pilas mientras sonaba alguna frecuencia con voces entrecortadas.
- Son las 23:45 y el pronóstico dice que en cualquier momento llegan tormentas aisladas.
Ataron las bicicletas a la reja y se fundieron campo adentro del terreno sin que los viesen las pocas personas que deambulaban por ahí.
- Creo que poco a poco te fuiste corriendo del lugar en el que estabas. No sé, quizás fue por una cuestión de madurez, de tiempo, no lo sé, pero se rompió algo. Quizás fue ese accidente que tuviste, y que te dio vuelta las cosas. Todavía me acuerdo de las marcas que te quedaron varios meses, casi ni hablabas y te fuiste encerrando mas y mas.-
Las reuniones ya no eran de largas horas, ahora los encuentros eran cortos, solo un momento. La acción de descender a toda velocidad sosteniéndose de viejas balaustradas entre guardapolvos llenos de tierra se modificaba por cortos periodos nocturnos entre carriles que en algún momento corrieron desbocadas hileras de caballos.
- Siempre me acuerdo cuando fuimos a Capital, que en la puerta del teatro donde era el recital regalaban esa bebida energizante, supuestamente nueva, que promocionaban en ese momento. Era un espanto y como habíamos viajado sin porro queríamos que nos produjera algo parecido. Dimos varias vueltas a la manzana y nos turnabamos para que nos vuelvan a regalar y no nos reconocieran las caras. ¿Te acordas que salió mal el plan?, dolor de panza, buscando árboles para mearlos cada 15 minutos.-
Al cielo estrellado se le iban acercando un rejunte de nubes negras que poco a poco transformaban el negro en gris claro, y a lo lejos el tubo fluorescente que se sostenia a duras penas lleno de telas de arañas por encima del guardia comenzaba a parpadear.
- La Plata/Capital Federal ¿en cuánto? ¿20 minutos? No me acuerdo, pero el Ford Ka iba muy rápido y llegamos justísimo a la terminal. Nos compramos un pancho revitalizador y pegamos la vuelta. No sobraba la guita pero podíamos viajar una vez por mes para allá, estaba bueno. Creo que teníamos preocupaciones pero no tanto como ahora, empiezo… no, empiezo no, sostengo que éramos más pendejos y básicamente trabajabamos para eso.
También soy consciente que te fuiste hartando de la monotonía, los mismos chistes, las mismas anécdotas, una y otra vez. A veces me pasa, pero también sé que es una vez cada tanto, que se yo. Por lo menos en mí no es tan crucial. Y ese enfrentamiento que tuviste sinceramente sigo sin entenderlo.-
Al silencio sepulcral de repente lo ensordeció el estallido de un artefacto sobre el piso. Un par de pilas rodaron como queriendo huir de la escena al mismo tiempo que el guardia interrumpe sus sueños y se recompone malhumorado buscando volver al ruido de voces que lo hacía descansar plácidamente.
- Ese cumpleaños con pileta y mucho alcohol de por medio fue el último que pasamos todos juntos, ¿no?. Después de ese no recuerdo otro. Siempre había una excusa y es lógico, me pasa igual. Ser el centro de atención de cualquier evento me produce pánico, la termino pasando muy mal. Como cuando fuimos a esa charla que dio el escritor que hablaba de filosofía y, con el teatro lleno, en el momento que propone hacer preguntas, levantaste la mano y soltaste al aire “¿qué es la felicidad?”. Todo el auditorio posó su mirada en nosotros. Prácticamente dio varias vueltas para terminar diciendo que él se preguntaba lo mismo. Salimos y deambulamos por la calle tratando de llegar a una respuesta con alcohol de por medio. Estaban buenas esas caminatas.-
A varios metros del verde césped se erigían unas gradas con un alto techo de chapa que comenzaba a emitir el sonido de gotas pesadas golpeando, gotas de lluvia que se hacían cada vez más grandes.
- Justamente ayer me acordaba de la vez que terminamos durmiendo en la puerta de un edificio porque todos teníamos mucho alcohol encima y habíamos gastado hasta la plata que teníamos guardada para la vuelta. Decidimos no ir al boliche y nos gastamos absolutamente todo. Hacía un frío tremendo y el viento era terrible. A la mañana siguiente terminamos en un café todos en silencio y contracturados por la noche anterior.
Por eso, me pregunto, ¿qué es lo que pasó? Cuándo fue el quiebre, el momento en el que se cortó todo. A veces me pasa de sentir que de un momento a otro, de un segundo a otro, hubo un click que nos desvió, que nos llevó por diferentes sendas. De repente es una ausencia, hay una ausencia constante.-
Al cielo gris pálido se le agrega un tono más oscuro y se vuelve a un gris turbio, manchado, que velozmente se ilumina por detrás dando lugar a un estruendo que hace sonar las alarmas de varios autos cercanos.
“Alerta naranja en la ciudad, a tomar recaudos, también pueden incluir granizo, actividad eléctrica frecuente y ráfagas que pueden alcanzar los 90 km/h. Se prevén valores de precipitación acumulada entre 50 y 90 mm, que pueden ser excedidos en forma localizada”.
La única luz parpadeante del antiguo hipódromo de la ciudad se apaga, el sereno de turno entra en su despacho cerrado iluminado únicamente por un velador. Cambia el dial de la radio, se dispone a escuchar clásicos de los ochenta, pone a calentar agua en una vieja pava de acero oxidada para luego tomar un saquito de té e introducirlo en una taza.
Se sienta en su silla reclinable, posa las piernas sobre el escritorio viejo y ve pasar por la cámara de seguridad de la entrada una bicicleta a paso firme y lento bajo la lluvia torrencial.
miércoles, 24 de enero de 2024
Tuve una crisis
Cancelaba, se irritaba y se iba. Volvía y creía sumirse en la perpetua decadencia de atesorar un momento como eterno; pero sabía que en el fondo había algo más, que no era sólo un momento. Sostenía que de una vez por todas debía dejar de posponerlo y dejar caer la hojas, ese montón de exceso seco que no le permitía ver del todo bien, correr lo que sobra y hundirse en el lugar donde siempre creyó estar.
Pero esta vez hacía mucho tiempo que no estaba. Recorría los espacios largos y blancos con excesos de comas, de puntos, de puntos y comas, de metáforas inusuales, de recursos irrisorios y confusos, de ideas sobrepuestas unidas entre sí por recuerdos que se posaban como pájaros y de inmediato se iban, todo desaparecía, el blanco se posicionaba de nuevo, tomaba el mando. Iba a hacerlo otra vez, lo cancelaba otra vez, se rendía nuevamente. Volvía, inundaba ceniceros, se recostaba, se cuestionaba, se preguntaba una y otra vez, se forzaba. Ya no era placentero, ya no era fructífero lo que podría llegar a concebir. Y lo aseguró, lo sostuvo, lo afirmó, cerró la idea que tenía, había pasado, ¿la recurrencia de una rutina, quizás? ¿el declive de un momento? ¿una etapa lejana? No podía llegar a buen puerto, todo era lejanía. Todo era comas sin puntos finales, por suerte.
lunes, 25 de diciembre de 2023
Ansiedad y malestar
Vivimos en un mundo donde las cosas se nos muestran cada vez más rápido, en un ir y venir voraz tenemos respuestas que hace años podían llegar a nuestras manos en meses dado que existen artefactos que cada vez desconocemos más y nos alejan de aquel pasado que nos hacía reflexionar por lo menos un poco. Tenemos tecnología para todo y el alcance es tan cercano que traspasa, pero no podremos jamás conciliar el malestar que nos produce cualquier sala de espera.
Nuestra entrada es algunas veces como de recién nacido, tranquila, sumisa y hasta inocente; otras todo lo contrario. Atravesamos el umbral con prepotencia por temor a llegar tarde, a tener que esperar aún más de lo que ya sabemos que vamos a tener que esperar por deducción propia, sin que nadie nos haya advertido de antemano. Y cuando ingresamos, parecería como si nos introdujéramos en otra dimensión. La secretaria intenta alentarnos, intenta convencernos de que la dulce espera va a ser corta y que hay pocas personas en la misma situación; su mirada quiere irradiar nuestra falsa y armada sonrisa, quiere atravesarla y someterla a esa mentira que los dos sabemos que está presente en ese lugar. Nos dejamos someter ante el hecho que nos propone y pasamos a otra sala. En aquella habitación, apenas la cruzamos, certificamos el porqué de la sonrisa articulada y sobreactuada de la joven y caemos nuevamente en la cuenta de porqué nos ausentamos muchas veces de estos lugares, de estos espacios donde renace la ansiedad que comúnmente queremos aplacar. Si bien la recurrencia es totalmente aleatoria, es innegable la presencia íntimamente marcada de ciertos tópicos en estos lugares. Nos sentimos identificados con el niño que desencadena por varios minutos un llanto de desesperación por querer escapar de este lugar que, por lo visto, nos aqueja a ambos, pero no lo hacemos con su madre, parece que le importa poco que su hijo estalle en lágrimas y es entonces cuando nos planteamos varias preguntas. ¿Está bien pensar su rol como madre ante el llanto? ¿Por qué llora el chico? ¿Por qué está en este lugar? ¿Por qué pasaron recién diez minutos? ¿Dónde está el dentista? ¿Por qué nadie inventó algún sistema de teletransportación desde nuestros hogares hasta este sitio solamente cuando el médico nos llama? ¿Por qué no nos llama? Logramos sentarnos, miramos el reloj, nos sentimos aturdidos al ver que las agujas no se mueven y el profesional no aparece. ¿Habrá venido? ¿Cuánto suelen tardar las consultas a un médico? Nos paramos, caminamos e intentamos contemplar los objetos que constituyen el lugar; queremos, deseamos, soñamos que nos guste alguna de las pinturas que rodean el espacio, pero no podemos, nada nos atrae, todo es estúpido y empezamos a creer que esos cuadros, en ese momento abstractos, son una burla a todas las personas que diariamente pasan por esta situación y creen que mirar estos objetos puede calmar algún tipo de ansia. Nada nos satisface, nos consideramos rendidos ante cualquier acontecimiento que pueda ocurrir. De la sala de al lado, la puerta se abre continuamente y se desprende un aroma que automáticamente nos remite a objetos, ruidos de metal, imágenes de agujas. El sentido se agudiza y el azúcar en la sangre parece querer empezar a descender; nos volvemos a replantear el porqué de nuestra visita a despreciable lugar, deambula la idea de marcharnos, pero nos cuestionamos si realmente hace falta esta tortura, ¿a qué vinimos?
Una gota desciende lentamente sobre nuestra sien cuando una voz llama nuestro nombre.
Podemos estar preparados para infinitas situaciones de la cotidianeidad y soportarlas muchas veces a un nivel extremo; los avances tecnológicos nos facilitan las cosas hasta un punto que pareciera como si fuese perjudicial. ¿El ser humano se planteará algún día la pérdida de la comunicación cara a cara a pesar de que en un segundo podemos estar conectados con personas que sobreviven al mismo disgusto en las antípodas del mundo? ¿Podremos hilvanar la idea de que poco a poco se fue perdiendo la espontaneidad de los actos sin que antes fuesen tipeados? ¿Tendremos la sencillez y la paciencia que tiene aquel campesino que surca la tierra y espera a que en diciembre se quede el sol después de haber pasado los fríos más crudos? ¿Nos quedará aquella sensación de la buena predisposición que alguna vez tuvimos ante una espera no tan atroz como parece? ¿Resurgirá la calidez en los tratos ante la frialdad que se nos interpone en cualquier sitio de esta índole, y que llevamos tan naturalizada? La espera se hace interminable e intervienen factores que muy pocas veces surgen en nosotros, nos cuesta mantener la paciencia en un sitio donde prácticamente debemos casi por obligación estar con nosotros mismos, ¿será que nos aterra la idea de estar un rato a solas con nuestra persona? ¿o será que estamos mal acostumbrados a la espera? Somos tan egoístas que cuando el profesional llama a nuestro nombre, entramos, nos atienden, nos retiramos y nuestra vida sigue igual que siempre, como si ninguno de esos acontecimientos nos hubiese marcado, nos hubiesen dejado alguna pista de lo que debemos mejorar como individuos y/o como sociedad.
martes, 12 de diciembre de 2023
El declive de Lorenzo
Para hablar de Lorenzo Rochas es necesario sumergirse en las aguas de la desazón y la mala suerte, quizás, por haber nacido en la época y en el lugar equivocado. Oriundo de un pueblo de la provincia de Santa Fe, aunque él siempre que podía y la conversación iba por ese lado, o él quería que vaya por ese lado, admitía y sostenía que su cuerpo era de allí pero su alma y su mente residían en algún lugar de Francia. ¿Cómo un provinciano acérrimo a las costumbres del campo argentino iba a estar tan ligado al país europeo? Es lo que se preguntaban todos los que pasaban por Coronel Bogado y casi obligadamente se cruzaban con él. Lorenzo había heredado de su madre varias hectáreas que hacían que él, hijo único, pudiera vivir tranquilo, vivir de las rentas de los campos. Frecuentaba diariamente el bar de Samuel o mejor dicho, como rezaba el cartel de entrada: “El boliche de Samuel”. Esta típica pulpería de pueblo disponía de muchas mesas pero “el pájaro”, como lo llamaban los que lo conocían por su facilidad de imitar el canto de las aves, siempre se sentaba en la misma, se sentaba en la de la ventana para mirar hacia la ruta todo el tiempo, quizás esperando la llegada de alguien con quien conversar y contar sus historias, quizás oficiar de guía del pueblo, nunca nadie lo supo.
Lo que sí sabía Samuel y todos los habitués del lugar era el amor del pájaro hacia la música francesa, precisamente a George Brassens, a la chanson populaire française en sí. Nadie entendía de dónde venía el gusto por ese tipo de música tan lejana y anacrónica; no era lo que se solía escuchar por esos pagos y menos en ese momento. Trataba de convencer a todo el que entrara al bar a que fije atención en las letras y a los mensajes encriptados para luego ejecutarlas en un horrendo francés de principio a fin, sumado a la desafinación de su voz y la guitarra, todo era un inmenso calvario de ruidos desentonados, exagerados y desesperados por parte del pobre Lorenzo.
-Fijate que ya en esa época existían canciones con doble sentido y la gente no se daba cuenta.- (Reiteraba ante la vista lejana de Samuel que limpiaba la barra del boliche y lo miraba ya sin prestarle atención)
-“Gare au Gorille!...” significa: “cuidado con el gorila”, ¿entendes?- (Insistía ante el rostro pálido y silencioso del dueño del bar que ya había escuchado esta explicación por lo menos quince veces).
Se anclaba en el bar desde temprano, llegaba con su chata y bajaba junto a su guitarra, tomaba su café cotidiano, leía el diario y luego tocaba algunas canciones en un intento de francés castellanizado. Luego si veía que en el lugar había gente que desconocía se acercaba a socializar, a tratar de entablar una conversación aunque del otro lado no hubiera respuestas. Llegaba a un punto que no le importaba si el receptor se iniciaba en el canal de la comunicación, él comenzaba a hacer un soliloquio sobre cosas del pueblo, datos musicales que poco importaban, pronósticos del tiempo, etc. Al concluir esta rutina y al ver que el lugar se hacía silencioso a la fuerza, levantaba sus cosas y se iba.
En su hogar lo recibía La Norma, su esposa, una ama de casa como las de antes, que pasaba todo el día junto a sus dos hijos: El Pedrito y La Catalina. Poseedora de un carácter heredado directamente desde el sur de Sicilia sin escalas, al igual que Lorenzo, aunque él sostenía que debía haber un error, que en realidad sus antepasados eran franceses, Norma le discutía entre risas y él se enojaba aún más.
Llegaba, almorzaba con ellos, dormía la siesta y se volvía a subir a la F100 color naranja, única en el pueblo, para hacer quince cuadras donde allí vivía La Viviana.
La gente de Coronel Bogado conocía muy bien a la Norma y a la Viviana, al principio todo era raro. ¿El tipo que frecuentaba el bar de Samuel y vivía con la Normita y los dos chiquitos, también tenía un amorío con la Vivi? Así es. ¿Y ambas sabían que él se repartía entre las dos en cuestiones del amor? Así es también.
Es que el pájaro una tarde del 96 entre mates de por medio le confesó a la Norma lo que le pasaba y ella, que ya sabía absolutamente todo, también soltó la lengua:
- Ya lo sabía… Pero no te creas tan importante.-
- ¿A qué te referís, gringa?-
- A que yo todas estas tardes donde ibas supuestamente a pensar al campo también hice mis cosas.-
- ¿Cosas? ¿Qué cosas?-
- Mis cosas… Yo también tengo “mis idas al campo”-
- ¿Ah, si?-
- Si… ¿Te pensaste que eras el único que podía disfrutar?-
La cuestión es que la gringa ya estaba cansada de todo, de creer que él iba a estar para ella solamente, de que iba a estar en el hogar gran parte del día, de que todo iba a ser tan “normal”, tan monogámico. Entonces se dejó llevar por la automatización de la costumbre y por tratar de hacerse creer que todo era compartido le guste o no, de que iba a tener a un hombre en su casa, cuidaría de ella y los chicos, le pasaría una mantención bastante alta, se irían de vacaciones los cuatro al mar o las sierras, que saldrían a comer afuera, etc. Pero todo eso también lo haría con la otra, con la otra gringa, la gringa más joven, que llegaba, o mejor dicho, ¿quién sabe hace cuánto estaba en la misma línea que ella?, ¿quién sabe si esa otra sabía de la existencia de ella y de el Pedrito y La Catita? Y si, sabía todo, y de la misma manera que la Norma cedió y aceptó, la Vivi aceptó tener a un hombre después de las cinco de la tarde, que le cante canciones en un dialecto desopilante, que la lleve al mar o a las sierras cordobesas y que la saque a cenar en algún huequito a alguna parrilla del pueblo, sin temor a ser descubiertos ante los ojos de los vecinos. La diferencia radicaba en que la Vivi lo quería de verdad a él, al margen de que renegaba y a veces se cansaba de escucharlo hablar sin parar, de conectar temas totalmente distintos uno tras otro sin respirar, lo quería, cuando se iba a la media hora lo extrañaba, cuando lo sentía llegar con la F100 se quejaba de la tierra que levantaba pero al mismo tiempo sonreía, cuando una vez cenando en Córdoba él se descompuso, ella sintió que se le venía el mundo abajo, su hombre, mayor que ella, fuerte, muy fuerte, estaba tirado en una vereda y no lo podían reanimar, sus ojos se abrían y se cerraban de manera intermitente mirando hacia un cielo cada vez más gris, ahí ella sintió un dolor gigante que nunca había sentido, quizás igual de grande que el dolor que estaba sintiendo él. Pero el pájaro zafó de esa descompensación y de varias más, venía zafando el loco, venía zafando…
Todo le había salido redondo, tenía dos mujeres que si bien no se cruzaban tanto, cuando lo hacían no había remordimientos, cada una tenía lo que deseaba, era un triángulo amoroso casi perfecto, casi porque los chicos al principio no entendían nada, luego, con el paso del tiempo a la vida de cada uno de ellos llegó, de repente, la tía Vivi.
A la Norma mucha gracia no le hacía, “la tía Vivi esto”, “la tía Vivi lo otro”, y ella se ponía celosa. Y claro, la Vivi le llevaba 15 años a Lorenzo, por lo tanto 14 a ella, era una pendeja, no solo una pendeja, una pendeja que sale con el padre de sus hijos, pero bueno, todo estaba charlado y realmente no sentía celos por él, sino por el solo hecho de que sea más joven, la eterna e injusta comparación.
Paradójicamente Lorenzo poseía una moral inquebrantable, para él la ética era todo, todo debía charlarse de antemano para evitar malentendidos y así no faltar al respeto, valía más la palabra que cualquier papel con firma de por medio, no creía en los abogados ni en cualquier profesión que ponía en duda la palabra del otro. Sostenía que el día que falle a su palabra o que alguna enfermedad lo este haciendo tambalear se iría de este universo, quizás por el hecho de no mostrarse débil ante un mundo que según él, estaba lleno de débiles y mentirosos que no se la juegan ni por amor ni por pasión hacia las cosas o las personas.
Se guardaba un momento del día para adentrarse con su vehículo tierra adentro a contemplar y a sentir el silencio más del que frecuentaba en el mismo pueblo, afirmaba que aun en un pueblo con las características de Coronel Bogado las voces son ensordecedoras y el escape era ese, pisar el acelerador y perderse en la inmensidad del campo llano. Sentarse sobre el capot y fumar un cigarrillo o simplemente poner un cassette de Brassens o Yves Montand y Charles Aznavour cuando la cosa estaba un poco más triste o romántica.
Lo que realmente nadie sabía ni sospechaba era lo que le pasaba por dentro; a lo mejor, alguno que se sentó a observarlo un rato sí lo sospechó, y era el grado de frustración que acarreaba desde hace un tiempo. No le faltaba dinero, en el amor estaba más que conforme y cada vez que entonaba algún verso con la guitarra su alma remontaba por el aire. Había otra cosa, un modo de proyectar la vida que no tenía, en las tardes donde era realmente él y el atardecer se fundía detrás de su vehículo, ahí creía acercarse un poco más al núcleo de lo que él pensaba que era; vivía en una especie de bovarismo donde el presente, su presente, no estaba en el campo ni en la ciudad, no estaba en la Argentina ni en Francia, lo que deseaba era vivir en otra época, en otro momento de la historia.
Para llegar a esta conclusión tuvo que pasar varias etapas de encuentros y desencuentros, tan así fue que en el invierno del 2000 se tomó un vuelo directo desde Buenos Aires a París para tratar de entender de dónde venía todo este maltraer, de dónde venían estas ganas raras de querer vivir como en una especie de cuento fantástico. Y el golpe fue duro, no halló nada, no halló a la gente que creyó encontrar, no halló los bares que soñó encontrar, no halló el movimiento cultural y social que creía que iba a divisar apenas bajaría del avión. Todo era ficticio, plástico, monótono, ¿las canciones lo habían traicionado o su imaginación? ¿Debía enojarse con el progreso o con su propia mente por llegar a lugares tan profundos donde hoy era imposible escapar? ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Pasó todo eso?
Regresó y siguió con su vida como si nada, escondiendo todo ese malestar traducido en frustración interna y desazón.
Nunca nadie se enteró de lo frustrante que fue ese viaje hacia la ciudad de las luces, a la Gringa le contó sobre una hermosa caminata bajo la lluvia en Champs Elysees y a la Vivi le confesó que la torre Eiffel es más grande de lo que parece. Y las dos, cada una desde su lugar, se sorprendieron de que su vuelta haya sido por así decirlo bastante silenciosa, que los días venideros a su arribo no soltó más que elogios comunes, banales, teniendo en cuenta la magnitud personal de aquel viaje; le dieron poca importancia.
Pero una mañana calurosa de diciembre todo cambió.
Aquejado por los constantes dolores de espalda y puntadas en su cabeza que en otro momento le dio poca importancia, se vio mayor. Se vio indefenso frente a los embates que él creía se iban a agudizar de un momento a otro. Las ideas y la moral dejaron de caminar a su lado para pasar al frente, crearon una barrera donde se abrió un abismo y el horizonte comenzó a perder su brillo.
Esa mañana Samuel no sintió el ruido característico de su voz ni oyó ningún acorde desafinado, según escuchó por parte de algún cliente del boliche, el pájaro andaba en cama, andaba encerrado por problemas de salud. Nadie en el pueblo lo había cruzado, nadie lo había escuchado, nadie sabía absolutamente nada de él.
Siendo las 11:07 de la mañana una F100 naranja pasa velozmente levantando todo el polvo posible de una ruta antigua caída a pedazos; dentro del vehículo se puede oír un cantante en otro idioma repetir los mismos versos, decir las mismas frases una y otra vez invocando a una especie de estribillo. Quien maneja el vehículo no hace más que silbar la canción en cuestión mientras fuma sin parar un cigarrillo tras otro, al mismo tiempo, mira por el espejo retrovisor que no haya nadie detrás de él. De repente la camioneta atraviesa un tejido ya antes derribado para adentrarse en un camino sin destino. Conduce varios kilómetros hasta detenerse frente a un viejo sauce donde allí, sin haber dejado de silbar en ningún momento, abre la guantera de su impecable Ford F100 naranja no sin antes verse al espejo comprobando de que iba bien vestido y orgulloso por estar bien afeitado, luego saca su revólver y espera que la canción que estaba sonando llegue a su fin.
Una bandada de pájaros vuela de forma sincrónica ante un estruendo desde un sauce hacia otro mientras una voz en francés repite: “Mourir pour des idées, L’idée est excellente…”
-
Todas las mañanas y las tardes para mí son iguales, a veces las diferencio y me pongo a pensar qué hubiera pasado si yo avanzaba antes o d...
-
Cruzaron de noche el viejo y amplio umbral para adentrarse en el antiguo edificio hípico que hacía no mucho era su nuevo lugar de comunión...
-
Cancelaba, se irritaba y se iba. Volvía y creía sumirse en la perpetua decadencia de atesorar un momento como eterno; pero sabía que en el...
Espejismo
Todas las mañanas y las tardes para mí son iguales, a veces las diferencio y me pongo a pensar qué hubiera pasado si yo avanzaba antes o d...