Todas las mañanas y las tardes para mí son iguales, a veces las diferencio y me pongo a pensar qué hubiera pasado si yo avanzaba antes o después. No me inquieta absolutamente nada, no tengo compasión por nada ni nadie, es más, muchas veces tengo ganas de aparecer en el lugar menos esperado para generar algún tipo de incomodidad, total, ya estoy jugado, ya estoy a la deriva entre tantos como yo que avanzan listos ya sin piedad. Nadie me espera, algunos me aborrecen y reclaman que se postergue mi estadía muchas veces duradera. Esa mañana fría lo pude divisar desde lejos, cabizbajo con las manos en los bolsillos. ¿Cómo un ser con todas las posibilidades y virtudes podía encontrarse así? ¿Yo venía desde muy lejos para cruzarme con este ser? ¿La cotidianidad era esto? Arraso a toda velocidad, a veces descanso un rato, pero ese día sentía que tenía un propósito, una tarea. Con bastante frecuencia suelo hipnotizarme en ventanas a contemplar la vida, luego me desprendo lentamente generando uniones entre tantos para acceder a un fin más próximo sin que la extinción sea en vano. Advierto los movimientos que ejecutan los racionales, los que tienen la posibilidad de elegir y pensar cada acción en este mundo tan desordenado pero que a veces nos reintegra una cuota de vitalidad para seguir un rato más, hasta sentir otra vez el golpe. Claramente sentí que debía quedarme en él, que tenía que ir esquivando obstáculos hasta posicionarme sobre él, sobre algo que lo inquietara y lo despierte, lo reanime. Debía darse cuenta de que su vida podía ser otra cosa, estaba a tiempo de levantar cabeza, cambiar su apariencia. Yo iba cegado a toda marcha al choque radical contra él. Comúnmente debe mirarme en estado descendente, debe pensar en la resignación de marchar en forma suicida, pero ¿qué pasaría si resulta ser lo contrario, si se produjera una especie de espejismo donde un sujeto proyecta toda su vida en la triste imagen que le produce otra? Al fin y al cabo lo que importa es la apariencia y es más fácil mirar alrededor que a uno mismo. Cuesta terriblemente mirar hacia adentro para buscarse en vez de silenciarse y perderse aún más en la oscuridad. Cuando al salir de su casa, apurado por llegar tarde al trabajo, miró al cielo y me descubrió. Ya era tarde, no sé si podrán cambiarlo, por lo menos no yo, me descubrió. Me deslicé entre tantos otros que caían sin destino, sin preguntas, sin memoria. Yo, en cambio, llevaba todas. Aceleré, esquivé hombros ajenos, superficies indiferentes, corrientes que querían arrastrarme hacia lo común. No. Ese día no. Ahí entendí que mi impulso no era distinto al suyo: ambos avanzábamos por inercia, disfrazando de decisión lo inevitable. Impacté. Se detuvo. No fue violento, no fue épico. Apenas un roce frío sobre su mejilla. Un punto mínimo en medio de un cuerpo demasiado grande para notarlo todo. Pero se detuvo. Su mano dudó antes de guardarse en el bolsillo. Sus ojos, por primera vez en toda la mañana, buscaron algo más allá del suelo. No sé si me vio, si me entendió, o si simplemente sintió ese quiebre imperceptible que a veces cambia el rumbo de un día entero. Me deslicé lentamente, aferrándome a ese instante como si pudiera quedarme ahí para siempre. Pero no. Caí desde su rostro hacia el borde de la tela impermeable, me suspendí un segundo en el límite exacto entre permanecer y desaparecer, y finalmente cedí. Como todos. Mientras me desprendía, lo vi enderezarse apenas. Nada extraordinario: un gesto mínimo, casi ridículo frente al peso de sus preguntas. Pero suficiente. Suficiente para pensar que tal vez no todo estaba perdido. Desaparecí entre otros, otra vez indistinguible, otra vez parte de ese movimiento interminable que no se detiene por nadie. Pero algo había cambiado, o al menos eso quise creer antes de diluirme por completo. Porque a veces no hace falta más que un contacto fugaz para alterar una trayectoria. Y aunque nunca lo sepan, aunque nunca nos nombren, aunque jamás puedan distinguirnos entre miles… algunos de nosotros elegimos caer para volver, tarde o temprano, a intentarlo otra vez.
domingo, 12 de abril de 2026
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