lunes, 25 de diciembre de 2023

Ansiedad y malestar

Vivimos en un mundo donde las cosas se nos muestran cada vez más rápido, en un ir y venir voraz tenemos respuestas que hace años podían llegar a nuestras manos en meses dado que existen artefactos que cada vez desconocemos más y nos alejan de aquel pasado que nos hacía reflexionar por lo menos un poco. Tenemos tecnología para todo y el alcance es tan cercano que traspasa, pero no podremos jamás conciliar el malestar que nos produce cualquier sala de espera.
Nuestra entrada es algunas veces como de recién nacido, tranquila, sumisa y hasta inocente; otras todo lo contrario. Atravesamos el umbral con prepotencia por temor a llegar tarde, a tener que esperar aún más de lo que ya sabemos que vamos a tener que esperar por deducción propia, sin que nadie nos haya advertido de antemano. Y cuando ingresamos, parecería como si nos introdujéramos en otra dimensión. La secretaria intenta alentarnos, intenta convencernos de que la dulce espera va a ser corta y que hay pocas personas en la misma situación; su mirada quiere irradiar nuestra falsa y armada sonrisa, quiere atravesarla y someterla a esa mentira que los dos sabemos que está presente en ese lugar. Nos dejamos someter ante el hecho que nos propone y pasamos a otra sala. En aquella habitación, apenas la cruzamos, certificamos el porqué de la sonrisa articulada y sobreactuada de la joven y caemos nuevamente en la cuenta de porqué nos ausentamos muchas veces de estos lugares, de estos espacios donde renace la ansiedad que comúnmente queremos aplacar. Si bien la recurrencia es totalmente aleatoria, es innegable la presencia íntimamente marcada de ciertos tópicos en estos lugares. Nos sentimos identificados con el niño que desencadena por varios minutos un llanto de desesperación por querer escapar de este lugar que, por lo visto, nos aqueja a ambos, pero no lo hacemos con su madre, parece que le importa poco que su hijo estalle en lágrimas y es entonces cuando nos planteamos varias preguntas. ¿Está bien pensar su rol como madre ante el llanto? ¿Por qué llora el chico? ¿Por qué está en este lugar? ¿Por qué pasaron recién diez minutos? ¿Dónde está el dentista? ¿Por qué nadie inventó algún sistema de teletransportación desde nuestros hogares hasta este sitio solamente cuando el médico nos llama? ¿Por qué no nos llama? Logramos sentarnos, miramos el reloj, nos sentimos aturdidos al ver que las agujas no se mueven y el profesional no aparece. ¿Habrá venido? ¿Cuánto suelen tardar las consultas a un médico? Nos paramos, caminamos e intentamos contemplar los objetos que constituyen el lugar; queremos, deseamos, soñamos que nos guste alguna de las pinturas que rodean el espacio, pero no podemos, nada nos atrae, todo es estúpido y empezamos a creer que esos cuadros, en ese momento abstractos, son una burla a todas las personas que diariamente pasan por esta situación y creen que mirar estos objetos puede calmar algún tipo de ansia. Nada nos satisface, nos consideramos rendidos ante cualquier acontecimiento que pueda ocurrir. De la sala de al lado, la puerta se abre continuamente y se desprende un aroma que automáticamente nos remite a objetos, ruidos de metal, imágenes de agujas. El sentido se agudiza y el azúcar en la sangre parece querer empezar a descender; nos volvemos a replantear el porqué de nuestra visita a despreciable lugar, deambula la idea de marcharnos, pero nos cuestionamos si realmente hace falta esta tortura, ¿a qué vinimos?
Una gota desciende lentamente sobre nuestra sien cuando una voz llama nuestro nombre.
Podemos estar preparados para infinitas situaciones de la cotidianeidad y soportarlas muchas veces a un nivel extremo; los avances tecnológicos nos facilitan las cosas hasta un punto que pareciera como si fuese perjudicial. ¿El ser humano se planteará algún día la pérdida de la comunicación cara a cara a pesar de que en un segundo podemos estar conectados con personas que sobreviven al mismo disgusto en las antípodas del mundo? ¿Podremos hilvanar la idea de que poco a poco se fue perdiendo la espontaneidad de los actos sin que antes fuesen tipeados? ¿Tendremos la sencillez y la paciencia que tiene aquel campesino que surca la tierra y espera a que en diciembre se quede el sol después de haber pasado los fríos más crudos? ¿Nos quedará aquella sensación de la buena predisposición que alguna vez tuvimos ante una espera no tan atroz como parece? ¿Resurgirá la calidez en los tratos ante la frialdad que se nos interpone en cualquier sitio de esta índole, y que llevamos tan naturalizada? La espera se hace interminable e intervienen factores que muy pocas veces surgen en nosotros, nos cuesta mantener la paciencia en un sitio donde prácticamente debemos casi por obligación estar con nosotros mismos, ¿será que nos aterra la idea de estar un rato a solas con nuestra persona? ¿o será que estamos mal acostumbrados a la espera? Somos tan egoístas que cuando el profesional llama a nuestro nombre, entramos, nos atienden, nos retiramos y nuestra vida sigue igual que siempre, como si ninguno de esos acontecimientos nos hubiese marcado, nos hubiesen dejado alguna pista de lo que debemos mejorar como individuos y/o como sociedad.

martes, 12 de diciembre de 2023

El declive de Lorenzo

Para hablar de Lorenzo Rochas es necesario sumergirse en las aguas de la desazón y la mala suerte, quizás, por haber nacido en la época y en el lugar equivocado. Oriundo de un pueblo de la provincia de Santa Fe, aunque él siempre que podía y la conversación iba por ese lado, o él quería que vaya por ese lado, admitía y sostenía que su cuerpo era de allí pero su alma y su mente residían en algún lugar de Francia. ¿Cómo un provinciano acérrimo a las costumbres del campo argentino iba a estar tan ligado al país europeo? Es lo que se preguntaban todos los que pasaban por Coronel Bogado y casi obligadamente se cruzaban con él. Lorenzo había heredado de su madre varias hectáreas que hacían que él, hijo único, pudiera vivir tranquilo, vivir de las rentas de los campos. Frecuentaba diariamente el bar de Samuel o mejor dicho, como rezaba el cartel de entrada: “El boliche de Samuel”. Esta típica pulpería de pueblo disponía de muchas mesas pero “el pájaro”, como lo llamaban los que lo conocían por su facilidad de imitar el canto de las aves, siempre se sentaba en la misma, se sentaba en la de la ventana para mirar hacia la ruta todo el tiempo, quizás esperando la llegada de alguien con quien conversar y contar sus historias, quizás oficiar de guía del pueblo, nunca nadie lo supo.
Lo que sí sabía Samuel y todos los habitués del lugar era el amor del pájaro hacia la música francesa, precisamente a George Brassens, a la chanson populaire française en sí. Nadie entendía de dónde venía el gusto por ese tipo de música tan lejana y anacrónica; no era lo que se solía escuchar por esos pagos y menos en ese momento. Trataba de convencer a todo el que entrara al bar a que fije atención en las letras y a los mensajes encriptados para luego ejecutarlas en un horrendo francés de principio a fin, sumado a la desafinación de su voz y la guitarra, todo era un inmenso calvario de ruidos desentonados, exagerados y desesperados por parte del pobre Lorenzo.
-Fijate que ya en esa época existían canciones con doble sentido y la gente no se daba cuenta.- (Reiteraba ante la vista lejana de Samuel que limpiaba la barra del boliche y lo miraba ya sin prestarle atención) 
-“Gare au Gorille!...” significa: “cuidado con el gorila”, ¿entendes?- (Insistía ante el rostro pálido y silencioso del dueño del bar que ya había escuchado esta explicación por lo menos quince veces).
Se anclaba en el bar desde temprano, llegaba con su chata y bajaba junto a su guitarra, tomaba su café cotidiano, leía el diario y luego tocaba algunas canciones en un intento de francés castellanizado. Luego si veía que en el lugar había gente que desconocía se acercaba a socializar, a tratar de entablar una conversación aunque del otro lado no hubiera respuestas. Llegaba a un punto que no le importaba si el receptor se iniciaba en el canal de la comunicación, él comenzaba a hacer un soliloquio sobre cosas del pueblo, datos musicales que poco importaban, pronósticos del tiempo, etc. Al concluir esta rutina y al ver que el lugar se hacía silencioso a la fuerza, levantaba sus cosas y se iba.
En su hogar lo recibía La Norma, su esposa, una ama de casa como las de antes, que pasaba todo el día junto a sus dos hijos: El Pedrito y La Catalina. Poseedora de un carácter heredado directamente desde el sur de Sicilia sin escalas, al igual que Lorenzo, aunque él sostenía que debía haber un error, que en realidad sus antepasados eran franceses, Norma le discutía entre risas y él se enojaba aún más.
Llegaba, almorzaba con ellos, dormía la siesta y se volvía a subir a la F100 color naranja, única en el pueblo, para hacer quince cuadras donde allí vivía La Viviana.
La gente de Coronel Bogado conocía muy bien a la Norma y a la Viviana, al principio todo era raro. ¿El tipo que frecuentaba el bar de Samuel y vivía con la Normita y los dos chiquitos, también tenía un amorío con la Vivi? Así es. ¿Y ambas sabían que él se repartía entre las dos en cuestiones del amor? Así es también.
 Es que el pájaro una tarde del 96 entre mates de por medio le confesó a la Norma lo que le pasaba y ella, que ya sabía absolutamente todo, también soltó la lengua: 

- Ya lo sabía… Pero no te creas tan importante.-
- ¿A qué te referís, gringa?-
- A que yo todas estas tardes donde ibas supuestamente a pensar al campo también hice mis cosas.-
- ¿Cosas? ¿Qué cosas?-
- Mis cosas… Yo también tengo “mis idas al campo”-
- ¿Ah, si?-
- Si… ¿Te pensaste que eras el único que podía disfrutar?-

La cuestión es que la gringa ya estaba cansada de todo, de creer que él iba a estar para ella solamente, de que iba a estar en el hogar gran parte del día, de que todo iba a ser tan “normal”, tan monogámico. Entonces se dejó llevar por la automatización de la costumbre y por tratar de hacerse creer que todo era compartido le guste o no, de que iba a tener a un hombre en su casa, cuidaría de ella y los chicos, le pasaría una mantención bastante alta, se irían de vacaciones los cuatro al mar o las sierras, que saldrían a comer afuera, etc. Pero todo eso también lo haría con la otra, con la otra gringa, la gringa más joven, que llegaba, o mejor dicho, ¿quién sabe hace cuánto estaba en la misma línea que ella?, ¿quién sabe si esa otra sabía de la existencia de ella y de el Pedrito y La Catita? Y si, sabía todo, y de la misma manera que la Norma cedió y aceptó, la Vivi aceptó tener a un hombre después de las cinco de la tarde, que le cante canciones en un dialecto desopilante, que la lleve al mar o a las sierras cordobesas y que la saque a cenar en algún huequito a alguna parrilla del pueblo, sin temor a ser descubiertos ante los ojos de los vecinos. La diferencia radicaba en que la Vivi lo quería de verdad a él, al margen de que renegaba y a veces se cansaba de escucharlo hablar sin parar, de conectar temas totalmente distintos uno tras otro sin respirar, lo quería, cuando se iba a la media hora lo extrañaba, cuando lo sentía llegar con la F100 se quejaba de la tierra que levantaba pero al mismo tiempo sonreía, cuando una vez cenando en Córdoba él se descompuso, ella sintió que se le venía el mundo abajo, su hombre, mayor que ella, fuerte, muy fuerte, estaba tirado en una vereda y no lo podían reanimar, sus ojos se abrían y se cerraban de manera intermitente mirando hacia un cielo cada vez más gris, ahí ella sintió un dolor gigante que nunca había sentido, quizás igual de grande que el dolor que estaba sintiendo él. Pero el pájaro zafó de esa descompensación y de varias más, venía zafando el loco, venía zafando…
Todo le había salido redondo, tenía dos mujeres que si bien no se cruzaban tanto, cuando lo hacían no había remordimientos, cada una tenía lo que deseaba, era un triángulo amoroso casi perfecto, casi porque los chicos al principio no entendían nada, luego, con el paso del tiempo a la vida de cada uno de ellos llegó, de repente, la tía Vivi.
A la Norma mucha gracia no le hacía, “la tía Vivi esto”, “la tía Vivi lo otro”, y ella se ponía celosa. Y claro, la Vivi le llevaba 15 años a Lorenzo, por lo tanto 14 a ella, era una pendeja, no solo una pendeja, una pendeja que sale con el padre de sus hijos, pero bueno, todo estaba charlado y realmente no sentía celos por él, sino por el solo hecho de que sea más joven, la eterna e injusta comparación.
Paradójicamente Lorenzo poseía una moral inquebrantable, para él la ética era todo, todo debía charlarse de antemano para evitar malentendidos y así no faltar al respeto, valía más la palabra que cualquier papel con firma de por medio, no creía en los abogados ni en cualquier profesión que ponía en duda la palabra del otro. Sostenía que el día que falle a su palabra o que alguna enfermedad lo este haciendo tambalear se iría de este universo, quizás por el hecho de no mostrarse débil ante un mundo que según él, estaba lleno de débiles y mentirosos que no se la juegan ni por amor ni por pasión hacia las cosas o las personas. 
Se guardaba un momento del día para adentrarse con su vehículo tierra adentro a contemplar y a sentir el silencio más del que frecuentaba en el mismo pueblo, afirmaba que aun en un pueblo con las características de Coronel Bogado las voces son ensordecedoras y el escape era ese, pisar el acelerador y perderse en la inmensidad del campo llano. Sentarse sobre el capot y fumar un cigarrillo o simplemente poner un cassette de Brassens o Yves Montand y Charles Aznavour cuando la cosa estaba un poco más triste o romántica.
Lo que realmente nadie sabía ni sospechaba era lo que le pasaba por dentro; a lo mejor, alguno que se sentó a observarlo un rato sí lo sospechó, y era el grado de frustración que acarreaba desde hace un tiempo. No le faltaba dinero, en el amor estaba más que conforme y cada vez que entonaba algún verso con la guitarra su alma remontaba por el aire. Había otra cosa, un modo de proyectar la vida que no tenía, en las tardes donde era realmente él y el atardecer se fundía detrás de su vehículo, ahí creía acercarse un poco más al núcleo de lo que él pensaba que era; vivía en una especie de bovarismo donde el presente, su presente, no estaba en el campo ni en la ciudad, no estaba en la Argentina ni en Francia, lo que deseaba era vivir en otra época, en otro momento de la historia.
Para llegar a esta conclusión tuvo que pasar varias etapas de encuentros y desencuentros, tan así fue que en el invierno del 2000 se tomó un vuelo directo desde Buenos Aires a París para tratar de entender de dónde venía todo este maltraer, de dónde venían estas ganas raras de querer vivir como en una especie de cuento fantástico. Y el golpe fue duro, no halló nada, no halló a la gente que creyó encontrar, no halló los bares que soñó encontrar, no halló el movimiento cultural y social que creía que iba a divisar apenas bajaría del avión. Todo era ficticio, plástico, monótono, ¿las canciones lo habían traicionado o su imaginación? ¿Debía enojarse con el progreso o con su propia mente por llegar a lugares tan profundos donde hoy era imposible escapar? ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Pasó todo eso? 
Regresó y siguió con su vida como si nada, escondiendo todo ese malestar traducido en frustración interna y desazón.
Nunca nadie se enteró de lo frustrante que fue ese viaje hacia la ciudad de las luces, a la Gringa le contó sobre una hermosa caminata bajo la lluvia en Champs Elysees y a la Vivi le confesó que la torre Eiffel es más grande de lo que parece. Y las dos, cada una desde su lugar, se sorprendieron de que su vuelta haya sido por así decirlo bastante silenciosa, que los días venideros a su arribo no soltó más que elogios comunes, banales, teniendo en cuenta la magnitud personal de aquel viaje; le dieron poca importancia.
Pero una mañana calurosa de diciembre todo cambió.
 Aquejado por los constantes dolores de espalda y puntadas en su cabeza que en otro momento le dio poca importancia, se vio mayor. Se vio indefenso frente a los embates que él creía se iban a agudizar de un momento a otro. Las ideas y la moral dejaron de caminar a su lado para pasar al frente, crearon una barrera donde se abrió un abismo y el horizonte comenzó a perder su brillo.
Esa mañana Samuel no sintió el ruido característico de su voz ni oyó ningún acorde desafinado, según escuchó por parte de algún cliente del boliche, el pájaro andaba en cama, andaba encerrado por problemas de salud. Nadie en el pueblo lo había cruzado, nadie lo había escuchado, nadie sabía absolutamente nada de él.
Siendo las 11:07 de la mañana una F100 naranja pasa velozmente levantando todo el polvo posible de una ruta antigua caída a pedazos; dentro del vehículo se puede oír un cantante en otro idioma repetir los mismos versos, decir las mismas frases una y otra vez invocando a una especie de estribillo. Quien maneja el vehículo no hace más que silbar la canción en cuestión mientras fuma sin parar un cigarrillo tras otro, al mismo tiempo, mira por el espejo retrovisor que no haya nadie detrás de él. De repente la camioneta atraviesa un tejido ya antes derribado para adentrarse en un camino sin destino. Conduce varios kilómetros hasta detenerse frente a un viejo sauce donde allí, sin haber dejado de silbar en ningún momento, abre la guantera de su impecable Ford F100 naranja no sin antes verse al espejo comprobando de que iba bien vestido y orgulloso por estar bien afeitado, luego saca su revólver y espera que la canción que estaba sonando llegue a su fin.
Una bandada de pájaros vuela de forma sincrónica ante un estruendo desde un sauce hacia otro mientras una voz en francés repite: “Mourir pour des idées, L’idée est excellente…”


 



  



Espejismo

  Todas las mañanas y las tardes para mí son iguales, a veces las diferencio y me pongo a pensar qué hubiera pasado si yo avanzaba antes o d...