domingo, 12 de abril de 2026

Espejismo

 Todas las mañanas y las tardes para mí son iguales, a veces las diferencio y me pongo a pensar qué hubiera pasado si yo avanzaba antes o después. No me inquieta absolutamente nada, no tengo compasión por nada ni nadie, es más, muchas veces tengo ganas de aparecer en el lugar menos esperado para generar algún tipo de incomodidad, total, ya estoy jugado, ya estoy a la deriva entre tantos como yo que avanzan listos ya sin piedad. Nadie me espera, algunos me aborrecen y reclaman que se postergue mi estadía muchas veces duradera. Esa mañana fría lo pude divisar desde lejos, cabizbajo con las manos en los bolsillos. ¿Cómo un ser con todas las posibilidades y virtudes podía encontrarse así? ¿Yo venía desde muy lejos para cruzarme con este ser? ¿La cotidianidad era esto? Arraso a toda velocidad, a veces descanso un rato, pero ese día sentía que tenía un propósito, una tarea.  Con bastante frecuencia suelo hipnotizarme en ventanas a contemplar la vida, luego me desprendo lentamente generando uniones entre tantos para acceder a un fin más próximo sin que la extinción sea en vano. Advierto los movimientos que ejecutan los racionales, los que tienen la posibilidad de elegir y pensar cada acción en este mundo tan desordenado pero que a veces nos reintegra una cuota de vitalidad para seguir un rato más, hasta sentir otra vez el golpe.  Claramente sentí que debía quedarme en él, que tenía que ir esquivando obstáculos hasta posicionarme sobre él, sobre algo que lo inquietara y lo despierte, lo reanime. Debía darse cuenta de que su vida podía ser otra cosa, estaba a tiempo de levantar cabeza, cambiar su apariencia. Yo iba cegado a toda marcha al choque radical contra él. Comúnmente debe mirarme en estado descendente, debe pensar en la resignación de marchar en forma suicida, pero ¿qué pasaría si resulta ser lo contrario, si se produjera una especie de espejismo donde un sujeto proyecta toda su vida en la triste imagen que le produce otra? Al fin y al cabo lo que importa es la apariencia y es más fácil mirar alrededor que a uno mismo. Cuesta terriblemente mirar hacia adentro para buscarse en vez de silenciarse y perderse aún más en la oscuridad.  Cuando al salir de su casa, apurado por llegar tarde al trabajo, miró al cielo y me descubrió. Ya era tarde, no sé si podrán cambiarlo, por lo menos no yo, me descubrió. Me deslicé entre tantos otros que caían sin destino, sin preguntas, sin memoria. Yo, en cambio, llevaba todas. Aceleré, esquivé hombros ajenos, superficies indiferentes, corrientes que querían arrastrarme hacia lo común. No. Ese día no. Ahí entendí que mi impulso no era distinto al suyo: ambos avanzábamos por inercia, disfrazando de decisión lo inevitable. Impacté. Se detuvo. No fue violento, no fue épico. Apenas un roce frío sobre su mejilla. Un punto mínimo en medio de un cuerpo demasiado grande para notarlo todo. Pero se detuvo. Su mano dudó antes de guardarse en el bolsillo. Sus ojos, por primera vez en toda la mañana, buscaron algo más allá del suelo. No sé si me vio, si me entendió, o si simplemente sintió ese quiebre imperceptible que a veces cambia el rumbo de un día entero. Me deslicé lentamente, aferrándome a ese instante como si pudiera quedarme ahí para siempre. Pero no. Caí desde su rostro hacia el borde de la tela impermeable, me suspendí un segundo en el límite exacto entre permanecer y desaparecer, y finalmente cedí. Como todos. Mientras me desprendía, lo vi enderezarse apenas. Nada extraordinario: un gesto mínimo, casi ridículo frente al peso de sus preguntas. Pero suficiente. Suficiente para pensar que tal vez no todo estaba perdido. Desaparecí entre otros, otra vez indistinguible, otra vez parte de ese movimiento interminable que no se detiene por nadie. Pero algo había cambiado, o al menos eso quise creer antes de diluirme por completo. Porque a veces no hace falta más que un contacto fugaz para alterar una trayectoria.  Y aunque nunca lo sepan, aunque nunca nos nombren, aunque jamás puedan distinguirnos entre miles… algunos de nosotros elegimos caer para volver, tarde o temprano, a intentarlo otra vez.

lunes, 6 de abril de 2026

Superposición

 Vos sabes que casi nunca me acuerdo los nombres de las personas, solamente se me vienen a la mente si de repente se posan frente a mí y automáticamente los relaciono con algún hecho en particular que me haya pasado, con algún actor que me haga decir “es igual a tal de tal película”, o que me recuerde al trasfondo de alguna canción que haya sonado en el auto por esos días. La cuestión es que sobrevolaba en mi cabeza ese nombre por días, semanas; me despertaba y mientras deambulaba semidormido por el pasillo del departamento hacia el baño, aparecía. No lo decía en voz alta, todavía no le daba entidad, solo paseaba por la mente, iba de un lado al otro de manera pendular mientras me iba despertando con el correr de los minutos. Cepillaba mis dientes, me lavaba la cara y buscaba un rostro, buscaba una conexión que sirva y que no quede en frustrados intentos de dejar de realizar la tarea de buscar, de buscar de dónde había salido, ¿quién era?, ¿por qué decidió hacerse un lugar y alojarse en lo profundo de mi mente?, ¿existió? Resistía al hecho de nombrarlo dentro de mi casa, nunca supe exactamente por qué, simplemente había algo que me decía que debía hacerlo fuera, dejar lo que nos acecha o perturba fuera del lugar donde se supone que uno debe llegar, quitarse los zapatos luego de un cansador y tedioso día de trabajo y disponerse a descansar. Cerré la puerta, di las dos vueltas de llave mientras invocaba alguna canción que me desconectara, que me dé luz entre tanto túnel oscuro y sin salida. Me forcé a encontrar en el archivo de mi memoria una melodía que se me pegue y haga olvidar esa encadenación de letras que suponía un nombre difícil de desencarnar y salí. Las calles, todavía vacías, no repararon en mi rutinario desenlace antes de subirme al Corsa modelo 2001 para dar comienzo a otra jornada de trabajo. No daban cuenta del túnel de donde venía para introducirme, quizás, en otro túnel, pero bastante ruidoso. A la monotonía constante de ir primero al bar para dar los primeros esbozos de sociabilidad frente a compañeros de rubro y tomar el clásico e indiscutido café, se le sumaban los primeros bocinazos que de alguna forma daban la bienvenida a otra larga y extensa jornada. No llevé nunca el tema al bar, ni a los pasajeros que se subían muchas veces a hacer catarsis mientras los acercaba a sus destinos. Era mío, todo mío. Ni tampoco lo presentaba en la cena de los viernes donde nos juntábamos con colegas a comer asado que, entre largas borracheras, uno se va soltando hasta decir cosas, muchas veces, sin sentido. De una forma u otra existía una especie de placer el no contar absolutamente nada, dejar, o, mejor dicho, tratar, de lograr el acertijo yo mismo sin recurrir a ayudas externas. Lo tomaba casi como un ejercicio mental, como cuando uno tiene una palabra en la punta de la lengua y se vuelve prácticamente loco buscando algo que se acerque, algo que es abstracto pero que de a pasos lentos va tomando forma, algo que poco a poco va gestando un cuerpo para finalmente divisarlo y decirlo en voz alta y muchas veces, hasta gritarlo golpeándose la cabeza entre suspiros de placer. Ese fatigante martes de verano tuve un acercamiento raro y poco usual. Me habían despertado los martillazos de la obra en construcción del edificio lindero al mío que junto al calor agobiante hicieron que dejara la cama para moverme por la casa. Esta vez no amanecí con palabras, sino con imágenes sueltas. Lo primero que pensé, asustado, era que hacía mucho tiempo que no soñaba, o por lo menos no lo recordaba. Me preocupó no haberlo advertido e inmediatamente me tranquilizó la idea de que quizás no era que no soñaba, no lo venía recordando. A medida que pasaban los minutos, sentado y observando martillazos, baldes y obreros trabajando, fui reconstruyendo esas imágenes sueltas que de manera forzada le buscaba sentido, fue como ver una pintura abstracta en la mente y querer buscarle una forma, tratar de ver qué quiso decir el autor, qué mensaje pensaba dejar. Y fue en vano, como si todo tendría que tener una forma, como si lo que no tiene forma no fuesen mensajes ni obras en sí. Un saco azul, un bigote abultado y amarillo por, quien sabe cuántos cigarrillos diarios, y una miraba triste y a la vez penetrante fue lo que pude rescatar entre tantas idas y venidas a la introspección. Sentí bronca y desazón al darme cuenta que a lo mejor esos objetos no eran más que construcciones que podría llegar a estar haciendo en ese preciso momento dejándome “infectar” por lo que divisaba por la ventana, que no eran imágenes puras, que estaban condicionadas por un factor externo, la construcción. Me tranquilicé al ver que ningún obrero tenía bigote, ni portaban un saco azul, ni me habían visto en el ejercicio de mirarles detenidamente sus miradas. Salí a la calle. Está más caluroso que ayer, ¿no? Dicen que hoy llegamos a los 39 grados… nos vamos a morir todos un día de estos. Por suerte donde trabajo tenemos aire acondicionado, si no, no sé. Vos me ves así bien vestida ahora, pero, ¿sabes el hambre que tuvimos que pasar con mis hermanos cuando éramos chicos? Mi viejo de descendencia turca y mi madre… Bueno, mi madre, pobre, todo el día en la casa, muy católica, distinto a lo que podes llegar a ver hoy en día. Él un poco machista, pero laburante eh, eso sí, llegaba a las seis y estaba todo listo y ordenado. Se cambiaba la ropa y se sentaba en el sillón a ver el noticiero, otros años… Recuerdo que era un departamento con paredes de madera, como son o eran la mayoría de las casas judías, ¿viste? Y lo digo sin serlo eh, porque hay como una estética media creada de paredes de maderas, candelabros, lámparas y veladores particulares, no sé, ¿no te parece? lo estoy viendo ahora con el tiempo. Mi viejo era viajante textil. Vendía camisas, calzoncillos, a veces agarraba el auto y se iba por días, antes era medio así, vos llamabas a la fábrica y te mandaban a un viajante con una valija llena de muestrarios, el dueño del negocio lo recibía en el local y pasaban toda la tarde viendo modelos de camisas, colores y talles de calzoncillos, etc. A veces cuando hacía una venta bastante buena volvía con regalos típicos del lugar adonde iba, nos traía juguetes, y otras volvía serio y no hablaba con nadie, solo atinaba a decir que las rutas estaban cada vez peores, como si eso influyera en las ventas.  Qué rotas están las calles en esta ciudad, por favor. Y ¿viste lo decadente que está el centro? De terror… Bueno, como te iba diciendo, cuando llegué a la preadolescencia mi viejo viajaba cada vez más, supuestamente lo llamaban de muchos pueblos porque la fábrica contaba con pocos empleados y él era buen vendedor, lo llevaba en la sangre… Mi vieja seguía sola en casa, limpiando y ordenando. Cuando nos íbamos a dormir, tengo el recuerdo de ver, desde la pieza, el velador del comedor encendido y verla a ella rezar en voz baja, quizás por nosotros, quizás por ella o quizás esperando algo mejor ahora que lo pienso. Pobre… Todavía me acuerdo cuando llamaron una tarde de otoño a casa. Yo recién había vuelto de gimnasia. Decían que papá nunca había llegado al pueblo donde tenía que ir y no lo podían encontrar, calcula que no había celulares en ese tiempo. Mamá se sorprendió y automáticamente asintió, puso cara triste, cortó el teléfono y siguió como si nada, cabizbaja, pero como si nada. En ese momento me costó entender que mi viejo tenía muchos viajes pendientes y se iba a ausentar más de lo normal. Pasó el tiempo y no volvía, no volvía, no volvía y nunca volvió… Meses más tarde me enteré que se fue con su otra familia el muy hijo de puta. En las valijas no había muestras de camisas ni calzoncillos, estaban todas sus cosas. Obviamente como cualquier adolescente me adjudiqué la culpa de no ser la hija perfecta junto a mis hermanos, fueron años de terapia… Qué se la va a hacer, dicen que uno no elige a la familia, ¿no? Igual, si vamos al caso, no lo sufrí tanto tanto. El último tiempo casi no lo veíamos y cuando estaba nos trataba bastante mal. Sumado a que a casa empezaron a ir las amigas de mamá de la parroquia, quizás, eso lo exaltaba un poco. En las tardes que se iban las amigas de la parroquia, subía a tomar el té el amigo de mamá. Un hombre cordial que después con el tiempo pasó a estar más tiempo en casa. Y… pensándolo un poco te podría decir que era el amante, pero si vamos al caso nunca los vi besarse ni acercarse siquiera. Iba, tomaban el té, se reían un rato hablando de literatura, que era lo que le gustaba a mamá, y se iba. Siempre de punta en blanco, eso sí, lo recuerdo de saco azul, zapatos bien lustrados y alguna camisa que ahora que lo pienso… podría haber sido de papá… Las visitas empezaron a ser cada vez menos frecuentes, cuando le preguntábamos a ella sobre él, ponía los ojos en blanco y soltaba los hombros como gesto de cansancio o de vergüenza quizás. Sin embargo, no la veíamos triste ni angustiada. Hasta que un domingo al mediodía, ya pasados los años, todo cambió. No sabes cómo lo sufrí en ese momento, me costó años de terapia. Ese departamento en el que vivíamos quedaba en pleno centro, acá a unas… cinco, seis cuadras más o menos, sobre la agencia del viejo Marconi, ¿te ubicas? Si, creo que murió el viejo, bueno, si, ahí arriba vivíamos, quinto piso. Había puesto la mesa con la ayuda de mi hermano menor, como todos los domingos al mediodía. Recuerdo que me resultó llamativo lo bien vestida que estaba mamá ese día, pollera de gabardina color café con leche, bien peinada, labios pintados y unos aros que se le podían notar desde lejos. Pensé que luego de comer iría a salir, nadie preguntó nada. Nos sentamos los tres hermanos en la mesa a la espera del clásico pollo a la portuguesa de los domingos. Tardó un poco más de lo normal hasta que se hizo presente a la vista de todos con la fuente cargada de piezas de carne blanca trozada y rebosante de arvejas. Apoyó la fuente en el centro de la mesa, tomó uno por uno los platos para luego servir una porción considerable a cada uno y dijo que tenía que hacer una cosa, que debía encontrarse con la virgen. En ese momento me resultó irrisoria la idea de tener que servir el almuerzo para ni siquiera probarlo porque tenía que encontrarse con alguien que no existía, que estaba en sus oraciones y en sus creencias pero que no era algo tangible y a la vista de todos nosotros. Todos la miramos en silencio como esperando cuál sería su próxima palabra, su próximo paso, un poco con curiosidad y otro poco con miedo. Mi vieja, la que rezaba todas las noches y los miércoles se juntaba con las amigas a orar, miró al balcón con la mirada ida al mismo tiempo que se desprendía de a uno los aros que se había puesto minutos antes, y se tiró sin decir ni una palabra de más, dejándome con dos hermanos menores que yo a cuestas por mucho tiempo. En la que viene, media cuadra a la derecha. Es contramano, pero no pasa nada.

Hace exactamente tres días estuve encerrado debido a un cuadro de fiebre que me tuvo desplomado en cama. Recién hoy ya puedo volver a hacer la rutina de subirme al auto y recorrer la ciudad. Los dolores de cabeza y cuerpo fueron tremendos. Lo único bueno que rescato de ese viaje febril fue que pude descansar. El silencio me acompañó bastante y pude ordenar algunas ideas. La verdad es que llegué a la conclusión de que tengo que llevar una vida más sana, no comer tantas porquerías ni hacerme mala sangre por cualquier cosa, aunque es difícil con un trabajo que no te da respiro, que todo el tiempo tenes que estar en la búsqueda de más y mejores viajes, porque a lo mejor el siguiente es el que paga la cena de hoy y mañana. Aflojarles un poco a los analgésicos, porque ante cualquier mínimo dolor uno ya se automedica y se clava algo, y no es así, no tiene que ser así. Si uno llevara una vida más sana, creo yo que no deberían aparecer dolores constantes. Ya no tengo veinte años como para andar trabajando horas extras por monedas, cenando tarde y mal, tomando alcohol entre semanas, etc. Uno ya tiene que ir mirando hacia un porvenir con un poco más de astucia, ser más vivo, parar la pelota y pensar un poco más en los actos. Estos días fue fiebre con dolor de cabeza intenso, quién sabe qué será la otra semana, cuando menos te das cuenta puede aparecerte un infarto y ahí no es joda. Uno ya no es un pendejo. Por suerte la obra de al lado está parada y no se escuchan ruidos, o así parece, no se ve a nadie. El capataz que estaba al frente del lugar no anduvo merodeando por la terraza ni dándole órdenes a los obreros que, ahora que lo pienso, capaz los echó a la mierda a todos, parecía bastante estricto en las formas que tenía para referirse a los trabajadores. Como todo patrón, que al principio te endulza con buen trato y cediendo en un montón de cosas y después te descarta como si nada, como si uno fuera un don nadie que no vale un centavo, que no tiene vida, que no tiene responsabilidades, que no tiene que pagar un alquiler, ni familia, ni preocupaciones, ni problemas que lo pueden acechar como también a él, ni una existencia tan absurda y vacía que lo lleve a deambular una casa pensando en una palabra que no puede ni decir porque lo puede llegar a perturbar aún peor que la propia existencia. No. Por suerte me despejé mirando al techo y no pensé en eso. O por lo menos traté. Y creo que funcionó. No exagero. ¿No me crees? Te lo aseguro, en serio. Ahora me voy que si no me subo al auto se me va a complicar la existencia, pero de verdad. ¿Podes creer? El tipo cruza en rojo, con el teléfono en la mano, el casco colgando del codo, esa caja que le ocupa medio asiento, le tocas bocina y encima se enoja. Es tremendo… Encima que le avisas, que de última lo cuidas, y se enoja. De no creer esta ciudad. Cuarenta grados entrando en otoño, caen dos gotas y se inunda todo, los impuestos más caros del país y después si le avisas a un pendejo que lo van a matar si sigue boludeando sos un forro; ¿podes creer? Yo si no fuese porque tengo a mi vieja de ochenta y nueve años postrada en una cama ya me hubiese ido a vivir al medio de la montaña. Sí, qué no. Al medio de la montaña. Es como una… ¿Cómo se dice? ¿Utopía? Eso, una utopía. Con mis ovejas, mis cabras, algún lago cerca que me de agua y serenidad, ¿qué más quiero? Acá no se puede vivir más hermano. Es como decían los griegos, un “locus horrendus”, ¿no? ¿No le decían así al lugar horroroso en el que podían estar y que era contrario a lo que uno debía aspirar? al ¿“locus amoenus”? Eso, ahí me acordé, “locus amoenus”. Lleno de ovejas, mucho verde, una concepción un poco romántica también si se quiere, pero es que todo va para ese lado eh. Estamos sumergidos en un pozo de desazón donde nadie hace nada por estar mejor, ¿entendes? Como anestesiados al hecho de que nada va a cambiar, al hecho de que, si aquel pasó en rojo, ¿por qué yo no voy a imitarlo y hacer lo mismo? ¿Él es mejor que yo? Y así estamos. Si, ochenta y nueve años. Media perdida, pero más viva que nosotros dos seguro. No se recuperó nunca de la pérdida de mi viejo. Ya hacen… veintipico de años. ¿El latin? Y… antes era otra cosa, se daba otra cosa en el colegio. No te digo que salimos mejores o peores pero salíamos con algo en la cabeza, ¿viste? Nos hacían leer los libros enteros, nada de resúmenes, y si no llegabas a leer todo tu vieja te retaba feo porque seguramente estabas boludeando. Ahora salen y quieren ser empresarios, un horror. ¿Vos tenes hijos? Mejor. Están en cuarto año y quieren tener empresas, todo es guita, todo es por y para la guita. Lo único que extrañaría en la vida amena del retiro son los cigarros, qué queres que te diga, es algo que no puedo dejar, y mira que intenté eh… Pastillas, caramelos, ese parche ridículo que te ponen, terapia, no me sirvieron de nada. El otro dia me reía, un colega tuyo me dijo que me parecía a Laiseca, de la nada, ¿lo tenés? contaba cuentos de terror por cable a la madrugada, si, seguro lo tenes. Qué se yo, arranqué de pendejo con el pucho, fue mi empresa, de algo hay que morir. Claro que sigo pensando en dejarlo, pero creo que es un poco tarde. Aparte a un vecino de mi vieja que fumó toda la vida el día que el médico le dijo que tenía que dejarlo si o si para siempre porque iba a ser peor le agarraron dos acv, ¿podes creer? Dos. El tipo fumó toda la vida y nada, lo deja y pum, dolor en el pecho, se le dormía el brazo y ahora está que no puede decir dos palabras seguidas. Al final tenía que seguir fumando. Es re loco. Dejame acá que me parece que está cortado San Juan y estoy acá nomás. Un placer, flaco. Suerte. Doblé por San Juan y frené unos metros más adelante. El hombre bajó, cerró la puerta con cuidado y levantó la mano sin mirarme, como si el gesto ya estuviese aprendido de memoria, como si no hiciera falta comprobar que yo seguía ahí. Apagué el motor, pero no me bajé. Había algo distinto en el aire, como si el calor hubiese aflojado de golpe o como si el ruido de la ciudad hubiese decidido correrse unos pasos para dejar lugar a otra cosa. Me quedé mirando el volante, las manos apoyadas, inmóviles, y entonces apareció. No como antes, no fue una sombra leve ni un murmullo que iba y venía. Esta vez el nombre cayó de lleno, con peso, como si siempre hubiese estado esperando ese preciso momento para hacerse oír. Lo dije en voz alta y al decirlo, supe. No hubo una revelación luminosa ni música de fondo, no hizo falta. El cuerpo reaccionó antes que cualquier idea: un frío seco me recorrió la espalda y sentí ese vacío en el estómago que uno tiene cuando entiende algo que preferiría no haber entendido nunca. El saco azul. El bigote amarillento. La mirada triste. El amigo de la madre. Pero no era eso lo que importaba, lo que importaba era desde dónde lo conocía yo. Me bajé del auto sin pensar, cerré la puerta sin llave y caminé unos pasos por la vereda. Miré alrededor como esperando encontrarlo apoyado contra alguna pared, saliendo de un bar, encendiendo un cigarrillo, conversando con alguien. Nada. Solo la ciudad, otra vez ruidosa, otra vez ajena. Entonces lo vi. No afuera. En el reflejo oscuro de la vidriera de un local cerrado. Me acerqué despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera borrar la imagen. Al principio me vi a mí, transpirado, cansado, con la camisa pegada al cuerpo. Pero a medida que afinaba la mirada, como cuando uno fuerza la vista para distinguir algo en la penumbra, empezó a superponerse. El saco, el bigote, los ojos. No era idéntico, no era un espejo perfecto. Era peor: era una continuidad. Ahí entendí por qué nunca lo había querido nombrar dentro de casa. Porque no era alguien que había conocido, era alguien que estaba siendo. Me llevé la mano a la cara, como buscando desarmar esa imagen, romperla, sacármela de encima. Pero el reflejo seguía ahí, quieto, paciente, como si no tuviera ninguna urgencia. Como si supiera que tarde o temprano yo iba a aceptar. Volví al auto y me senté. No arranqué, apoyé la frente contra el volante y cerré los ojos. Intenté pensar en otra cosa, en una canción, en cualquier cosa. Ya no había túnel. Ahora había un hilo y tiré. Las escenas empezaron a encajar con una claridad insoportable: las historias escuchadas al pasar, las caras olvidadas, los relatos de otros que uno cree ajenos pero que se van depositando en algún lugar. Todo eso, mezclado, fermentado en silencio, tomando forma sin pedir permiso. Ese hombre no era uno solo, era todos. Y yo también. Volví a decir el nombre, más bajo esta vez, casi como una prueba. No dolió menos. Arranqué el auto y me metí otra vez en el tránsito. Bocinas, motos, gritos. Todo en su lugar, todo igual que siempre. Pero no era lo mismo. En el semáforo siguiente, mientras esperaba la luz verde, me sorprendí mirando a un hombre que cruzaba lento, con un saco oscuro a pesar del calor. Llevaba algo en la boca, quizás un cigarrillo. No pude verle bien la cara. No hizo falta. Sonreí apenas, sin ganas, como quien reconoce algo inevitable. Y por primera vez en días, el nombre dejó de girar, se quedó quieto, como si finalmente hubiera encontrado dónde vivir.

Espejismo

  Todas las mañanas y las tardes para mí son iguales, a veces las diferencio y me pongo a pensar qué hubiera pasado si yo avanzaba antes o d...